domingo, 25 de marzo de 2007

Nicotina con olor a città


"Sólo fumo cuando una mujer bella me invita"
Momento by Melo*
ARITOS DE HUMO
Desde que era una adolescente pensé firmemente en esa no nada. En esa tontería. Celebraba mis gilipolleces. Aunque aún lo hago, quizá a causa de esa influencia pablina. Pensaba en que, cuando fumaba, podía escribir cosas con el humo del pitillo y a quien tal mensaje fuera destinado llegaría. Por alguna circunstancia, sigo creyéndolo. Quizá en un afán de romanticismo cínico, sigo pensando que ese pútrido aire de ciudad es compartido. Ignoro qué tan noble pueda ser el humo del cigarrillo para entregar los mensajes a esos destinatarios que con frecuencia ignoran lo que uno pudiera decirles. Un “te amo” escondido, una señal de humo rancia, definitivamente habrían de llegar a su destino. Guardado en el no sé dónde, junto al no sé cuál.* Un rezo anónimo, una emoción sutil pero provocada por los aritos de humo. Tú dime a dónde van.
Nostagia by Villegas*
*Cortesía de San Pascualito Rey, "Te voy a dormir". LP "Sufro, Sufro, Sufro"

viernes, 23 de marzo de 2007

Barra de Labios

EN LAS PRIMERAS CRÓNICAS MARCIANAS QUE LES PRESENTAMOS POR ACÁ, INICIAMOS CON UN RECORRIDO POR EL DISTRITO ROSA DE LA CIUDAD DE MÉXICO.
DISFRUTEN EL DESCHONGUE PROFESIONAL DE ESTOS SUS SERVIDORES (EN ESTE CASO, EL RELATO DE LA VILLEGAS Y SU COLECTIVO DE AMIGAS), Y COMO DECÍA EL MAESE GARCÉS: "AHÍ LES DEJO MI REPUTACIÓN PARA QUE LA HAGAN PEDAZOS".
COMENTARIOS SOBRE EL MÉJICO MÁXICO, BIEVENIDOS.
"El plan travesti radical...
le doy la espalda a toda muestra de tristeza"
[Fangoria]



Esta vez la escena pretende dibujar una experiencia que prometía guiarnos por una de las zonas más escandalosas de la Ciudad de México. El distrito reconocido por su multicolor aspecto, aquél donde se dan cita los más atractivos e inalcanzables jóvenes para cualquier chica heterosexual con ambiciones medianas. De la misma manera, mujeres de todo aspecto, desde las más esmeradas en cuidar su aspecto, pasando por aquellas de hombruna apariencia, hasta llegar a aquellas que solían ser del género contrario, y resolvieran que la vida de oropel y color era lo que realmente querían.

Decididas a sumergirnos de la manera más fiel en esta subcultura, arribamos a la Zona Rosa a una hora que nos permitiera recorrer las calles infestadas de fiesta, y de hombres que incesantemente nos abordaban con el propósito de conseguir clientela para sus despoblados bares y discotecas, aquellas donde abundaban hombres de mediana edad y la vida festiva mermaba más que ofrecerse atractiva. Empezando el recorrido en la calle de Amberes, paseo más representativo del Distrito Gay más conocido de la Ciudad. Repentinamente, nos encontrábamos frente a 42nd Avenue Café, un establecimiento donde los más bellos meseros comenzaban a hacer su aparición, a paso lento hasta llegar a la cadena del BoyBar. El letrero luminoso revelaba la cara de muchos jóvenes ansiosos de diversión libre de prejuicios, mientras los cafés comenzaban a disminuir en concurrencia y el BGay BProud Café (uno de los pioneros en establecimientos gay) cedía en clientela para llenar lugares tales como La Gayta Bar, cuyo apéndice contiguo, el Pussy Bar, se presenta preferido de las parejas de chicas, quienes de maneras ya discretas o manifiestas disfrutan de una fría cerveza entre besos y caricias, risas y charlas más abiertas de lo que usualmente tendrían en un contexto cultural ordinario.

Es esta la ciudad que despierta de noche, aquella que puebla las calles de jóvenes en edades apenas legales envueltos en afeminados perfumes e incluso maquillajes, quienes optan por ataviarse en un oculto sanitario con olor a comida rápida de fondo, aquellos que con infantiles motivos buscan diversión con personas del mismo sexo, sin necesariamente responder a la promiscuidad que se les adjudica. Muchos de estos varones desesperados por no encontrar chica heterosexual alguna saludaban a nuestro colectivo, sonriendo en busca de correspondencia. A ello optamos por tomarnos de la mano y escandalizarles, algunas veces sonriendo indiferentes, y otras tantas acariciando el cabello o cintura de nuestras ficticias parejas. Caminando así llegamos a la calle de Génova, millonaria de legiones de turistas y grupos de amigos que coinciden en el metro Insurgentes, la línea rosa… sin mejor asociación posible. Frente a un mini mercado, el stand de postales e información gratuita sobre las tribulaciones del ambienta gay se erguía orgulloso, amenazando con desarticularse y guardarse hasta el fin de semana siguiente, cuando las mismas caras le verían y muy probablemente acudirían a saludar al amable vocero. Virando a la derecha, pudimos advertir una escandalosa vitrina de esculturales maniquíes, ataviándolos de sensuales chicas de colegio católico, de enfermeras o chicas sumisas, ofreciendo en un arabesco de neón un servicio de recreativas cabinas de tres equis. Dejando el pudor atrás, ascendimos por la glamorosa escalinata hasta el umbral de la tienda, cuando innumerables productos faliformes ante nosotras se exhibían. Recorriendo lentamente los pasillos, las más insólitas soluciones a la soledad se antojaban realistas y flexibles, de colores insospechados y sabores aún más inusuales. Las más diversas perversiones ahí se materializaron, en un estante donde el dolor es placer y la humillación consensual ofrece noches interminables de olor a piel, sudor y furtiva práctica.

Agravando su estado, la sección más inocente de juegos y despedidas de soltera daba paso a un sinnúmero de títulos fílmicos con explícitas portadas, convivían entonces los en otros tiempos circenses hermafroditas, incitando a la sodomía o bien, a otras tantas prácticas transexuales, homosexuales y heterosexuales que en la privacidad del hogar podían vivirse. Un hombre alrededor de los cuarenta años miraba sin recato el material videográfico, con ansiosas miradas ocasionales a su derredor, y más ansiosas manos. Fue entonces que observamos alrededor: no había ninguna otra fémina en el establecimiento, las cabinas se observaban oscuras y vedadas a cualquier pensamiento puritano. Una de las chicas del equipo miraba azorada todos aquellos artificios y genitales artificiales, preguntando qué uso tenía cada uno a las dos chicas más experimentadas en la materia, aquel par que bajo su protección había tomado desde el principio al resto de las chicas para guiarles en la nocturna travesía por el distrito más vivo.

Resolvimos pues salir, no sin antes mirar por última vez la parafernalia de variedad insospechada. La calle abrazó entonces nuestra ansiedad de fiesta, mientras una mujer nos abordaba ansiosa y un tanto insistente invitándonos a un espectáculo que denominó “bueno, bonito y barato” con bellos cuerpos masculinos en breves ropas, alcohol ilimitado y sano ambiente (sí, claro). Después de estar a punto de ceder en una meditación fugaz contestamos con una negativa, mientras el rugir de motocicletas amenazaba con impedir nuestro paso, una de las chicas atravesó la calle intempestivamente y facilitó pues la circulación de este colectivo de féminas, mientras un patrullero gritaba obscenidades a un inconsciente hombre que se había detenido anteriormente posando sus palmas sobre el cofre de la patrulla sin recato alguno. Pasaron pues los motociclistas, no sin antes esbozar pervertidas sonrisas y guturales sonidos que pretendían manifestar su lujuria, ante lo cual respondimos con el ahora acostumbrado aire lésbico fingido (que unas veces funcionaba, y otras tantas resultaba contraproducente por apelar a la lujuria retorcida de las mentes masculinas).

Tanta actividad ajena despertó nuestro apetito y a ello respondió oportunamente esa gigantesca eme amarilla que nos hipnotizaba y ofrecía calmar nuestra famélica ansiedad por un módico precio. Después de ordenar tomamos un lugar próximo a la ventana, desde donde podíamos ver desfilar hombres y mujeres de paso parsimonioso que sin duda alguna terminarían en algún lugar celebrando el simple hecho del fin de semana. En este restaurante de comida rápida se dan cita los más jóvenes especimenes del ambiente homosexual, y otras tantas veces los más experimentados acuden a la caza de estos primerizos especimenes. Esta aseveración se vio confirmada cuando una joven pareja de chicos penetró en el local y sin disimular se aproximó sospechosamente al baño, sin consumir producto alguno, para asegurar la puerta y no salir en un buen rato. Reíamos estridentemente cuando un par de hombres sorprendentemente heterosexuales nos miraron, con un aire extraño de superioridad. A ello respondimos riendo del aspecto de padrotes que ostentaban; a sabiendas del peligro que nuestra burla representaba, salimos del local rápidamente. Fue entonces que decidimos visitar la tienda travestí que se erguía exótica con luz negra y boas de plumas fluorescentes, para advertir que se encontraba cerrada, acudiendo al nunca mentiroso reloj. Era casi media noche, culminante momento que nos dirigía ahora a nuestro destino primario: la discoteca Lipstick. Siguiendo alegremente el camino de colores, tuvimos otra digresión al desviarnos a la diestra: una enorme flecha de colores vibrantes nos invitaba a la tierra del arco iris, tienda de orgullo homosexual, ambivalente e incluso transgénero que ofrecía los más variados productos distintivos. Después de un breve recorrido en su interior, salimos al aire de vibrante festividad… era hora de penetrar en ese mundo de sensuales movimientos y otras tantas afeminadas coreografías comerciales.

Ubicada al lado de una tienda de lencería con una invitación por nombre, congregaba ya a atractivos varones en sus filas. Sin problema alguno logramos penetrar al recinto, deseando que todos los establecimientos fueran tan tolerantes y civilizados. Después de pagar por lo que se antojaba una divertida noche, ascendimos apresuradas por la escalinata, ante la previa advertencia de una de nosotras que con anterioridad había acudido, sentencia que involucraba bellos cuerpos masculinos y descubiertos sirviendo bebidas espirituosas. Aquellos cuerpos bronceados nos proporcionaron pues una ronda de cervezas con un estético manjar visual, así como un peligroso cóctel que amenazaba con embriagar al más experimentado beodo. El ambiente circundante hacía flotar una atmósfera impertinentemente densa debido al humo de cigarrillo, y a la lujuria con la que se miraban esos chicos ataviados de las maneras más seductoras...
La luz jugaba burlonamente con su faz, como si quisiera dibujarlos a manera de mítica fábula, les era complaciente y les retaba, les acariciaba con los nocturnos soles de la luz callejera que provenía del ventanal. A ello, esos émulos de la cultura griega tendían sus redes al más débil, y retaban a placer al más impenetrable ego. Mientras intentaban competir con nuestro colectivo de chicas por el baile más sensual y afeminado, pudimos advertir desde un principio que la gran mayoría de los asistentes eran varones y las pocas féminas que asistían lo hacían en pareja, con un infinito aire de fidelidad y otras tantas con masculinas apariencias que pretendían camuflarse. Claro está que entre estos masculinamente andróginos individuos reinaba lo estético, no sin antes mencionar de manera indiscreta que esto constaba en los compañeros universitarios que ahí nos encontramos, que sin empacho alguno practicaban las más deseables poses que más tarde disimularían en Plaza Borregos al fumar.
Acudimos pues al rítmico son de la terraza, alumbrada por circulares lámparas rojas que con suave luz adornaban nuestras fotografías digitales, mientras un chico acudió agitado a una de ellas, preguntando a una de las chicas que abrazó si era lesbiana y su pareja lo golpearía por celos. Al mismo tiempo, otro chico acudía a una de las compañeras del equipo elogiando su brillante top y mostrándose admirado ante la posibilidad de conseguir uno igual.

Extrañas anécdotas se desarrollaban entre el humo de cigarrillo y el baile de calentamiento preliminar, mientras en la barra una pareja de bellas chicas se besaban con ansia romántica. Procedimos pues a ceder poco a poco al ritmo de caderas cadenciosas y a la breve plataforma con invitantes tubos que a nuestro lado se erguía. Fue entonces que un trío de atractivos hombres comenzaron su ensayo de amor, deseosos de atención ondeaban de maneras explicables su bien formado cuerpo, a lo que unos tantos respondían con admiradas miradas y discretos aplausos rítmicos que les instaban a seguir con su involuntario performance. Conversando un poco con un repentino compañero que decía llamarse Axa, resolvimos bajar por otra ronda de felicidad etílica mientras admirábamos aquellos cuerpos que servían sin cuestionar, evocando pensamientos que poco tenían de puros. Bailamos pues en la zona regular mientras las canciones de nuestra pubertad invitaban a cantarlas a todo pulmón, unas tantas con coreografías que todos parecían haber ensayado con anterioridad y otras tantas que nos hacían acudir a los más exóticos movimientos. Así, un atractivo hombre venezolano se aproximó sin cuestionamiento invitando al rítmico pecado a una de las compañeras, quien sin cuestionar entabló un discreto duelo con él en un inexplicable movimiento que no parecía tener fin. En el borde del desmayo, el chico se retiraba con un beso en la mejilla, agradeciendo la oportunidad de compartir sus extranjeros atributos dancísticos (y físicos, claro está) con una chica mexicana. En este momento el cansancio nos embargaba, pero una familiar y enérgica melodía invadió nuestros oídos, que inmediatamente reconoceríamos como el tema de la legendaria Carabina de Ambrosio, a lo cual respondimos moviéndonos a la involuntariamente sincronizada coreografía obviando la tortuosa sensación que nuestros pies reconocían como caminar sobre trozos de vidrio. Fue después de la samba, la cumbia, el lascivo reggaetton y el más progresivo electrónico que decidimos retirarnos de ese lugar, que nos retenía abrazando acaloradamente nuestra algarabía, mientras el reloj marcaba una cercanía peligrosa a las cuatro de la mañana. Apesadumbrados, nuestros pies recogieron la última nota de delicioso ritmo, y nos dirigieron inevitablemente escalinata abajo… negándonos a dejar tan singular y ahora tan familiar lugar, rescatando de manera sutilmente desesperada el último haz de suave luz rosa mientras el valet nos entregaba el vehículo que nos llevaría de vuelta al mundo de la supuesta heterosexualidad dominante, donde los prejuicios entretejidos alrededor de la homosexualidad y la bisexualidad (y qué decir del travestismo y la transexualidad) son aún fuertemente evidentes. Trayecto triste hacia el norte de poca tolerancia, donde los cafés de homosexual concurrencia deben estar ocultos en plazas de poca monta.

México mágico, y predominantemente machista.
[Agradecimientos a Pris Robles, sin ella esta crónica cínica y desenfadada no hubiera sido posible]

jueves, 22 de marzo de 2007

Calavera de temporada permanente



Haz de seguir riendo en la misma silla...
Foto por Melo*