miércoles, 18 de abril de 2007

Viernes de Arena

El Santo, El Cavernario, Blue Demon y Bull Dog... Y, con todos ellos, el desahogo de la Ciudad traducido en chingadazos.


El Santo Deschongue! se enorgullece en presentar la segunda crónica marciana de este espacio: una noche en la legendaria Arena México, en palabras de la Villegas y su original colectivo de féminas gustosas de la lucha libre. A disfrutar. Arrroooooozzz ¡!



Viernes de Arena

ADVERTENCIA: todos los hechos que aquí se narran son enteramente verdaderos. De haber intentado inventarlos, no hubiéramos concebido una crónica tan creativamente surreal.

En la primera caída, la llegada al Pancracio, recinto donde la única regla… es que no hay reglas.
En la segunda, el desarrollo del fiero encuentro, interculturalidad a pleno, el consumo de los más insalubres manjares, y la compra de los más inusuales recuerdos.
Y por último, la incomparable asfixia de la salida, y la caza de fotografías con los fieros luchadores… sin éxito alguno.



PRIMERA CAÍDA. EL ARRIBO (O LO QUE SERÍA NUESTRA PRIMER EXPERIENCIA LUCHÍSTICA)

Bien, cuestionando pues la ubicación del recinto al más inusitado transeúnte, navegábamos por la avenida Chapultepec, atrapadas en el tráfico de un inocente primer viernes de mes y llegando por fin a una esquina que prometía ser la previa a la conocida
Arena México. La muchedumbre enmascarada, y en otros tantos casos embriagada de emoción, delataba la ubicación de la taquilla. Más pronto de lo que nos tomó dar un respiro, el primer revendedor nos abordó con descaro, ofreciéndonos maravillosos boletos numerados de ring, sosteniendo un sucio mapa del lugar y apuntando con el insistente dedo la privilegiada ubicación que nos vendía. Rechazándolo de la manera más amablemente posible, proseguimos en involuntaria caravana hacia el luminoso letrero de la taquilla, mientras vendedores de semillas y parafernalia luchística (así como de “alimentos” que introducir a la Arena, aunque se encontrara estrictamente prohibido) pregonaban a nuestras espaldas. Fue entonces cuando la reventa se hizo patente a nuestros ojos de nuevo, siendo una mujer quien ahora nos ofrecía boletos en la esquina dos mil. Mostrándonos de manera entusiasta uno de los boletos, que clamaban valer sesenta pesos… cuando ella los vendía en cien. Siendo víctimas conscientes de el asalto más pasivo de la historia, decidimos desprendernos de dichos cuarenta pesos… qué más daba. Arremolinados entonces entre la multitud, obedecimos la estridente instrucción de “las mujeres en el centro… ayúdenos a ayudarle…”, y otras tantas frases que intentaban persuadirnos a seguir el orden. Aquella pseudomujer registraba a todas las féminas, pidiéndoles hombrunamente que le mostraran el contenido de sus bolsas, paseando truculentamente las manos por sus cuerpos en una “medida de seguridad” que olímpicamente ignoraba la posibilidad de introducir navajas, drogas o cualquier otro artificio en los pies o pantorrillas. Bien, habiendo ascendido la escalinata, el vestíbulo de la Arena nos recibía con un incitante olor a palomitas y alcohol (y en ocasiones, un poco de marihuana quemada), accediendo por una esquina al sopor que nos regalaba el olor a humanidad.











SEGUNDA CAÍDA. (O CÓMO LOS RUDOS Y TÉCNICOS TRANSFORMARON NUESTRAS VIDAS)

Seguimos entonces a un acomodador que nos timó posteriormente por llevarnos a nuestra anhelada esquina dos mil, cobrándonos una módica propina por sus servicios. Desprendiéndonos de nuevo de una moderada cantidad, tomamos los siete asientos de primera fila en la esquina, frente a cuatro formales hombres que unos minutos más tarde (y algunas cervezas después) aflojarían sus corbatas y llenarían de improperios a las madres de los combatientes, mientras nosotras tratábamos de vencer la inseguridad de lo que en los asientos podíamos encontrar. Siendo acosadas por vendedores de alimentos y máscaras, una de nosotras se vio vencida al atractivo de una pequeña máscara del difunto y legendario Huracán Ramírez, que por treinta pesos brillaría en el espejo retrovisor de su auto. Acto seguido, el hambre nos persuadió de llamar al vendedor de tortas: Después de rumiar una torta de la Arena México, uno sabe que puede vivir tranquilo el resto de sus días. Unos segundos después de discernir entre jamón y queso de puerco, un silencio repentino embargó a la turba. Era el silencio previo a las instrucciones del anunciador, quien ahora gritaba con ese característico tono aumentado que se sortearía el orden de la triple lucha estrella. Habiendo anunciado tras una pelea de parejas preliminarmente sosa, una tómbola que arrojaría como resultado que el primer combate sería entre la afamada Park, liderando a Blue Panther (luchador norteño de grandes proporciones) y a Mr. Niebla; y los rudos representados por Atlantis (al cual las chicas detrás de nosotras optaban por ofender llamándolo “p…. charalito”), cuyo séquito se conformaba por el Último Guerrero y Olímpico.


Abriendo paso al primer combate, la pasarela que conducía al ring se iluminó por primera vez, mientras una docena de chicas en breves y brillantes prendas desfilaban y mientras los luchadores aparecían. La Park parecía ser el más aclamado de la noche, mientras la Porra Ruda de Pachuca aclamaba a Olímpico en su intento de despojar a la Park de su máscara, convirtiéndose aquello en un combate en el que vencerían los rudos. Fue entonces que, después de un silencio de solaz y descanso, el anunciador volvió al ring para preparar a la audiencia, quien ahora presenciaría la lucha de damas. La imponente Marcela se presentaba ahora con su cuerpo hombruno, que le valiera el campeonato del Consejo Mundial de Lucha Libre. Las féminas ahora pelearían de dos a tres caídas: entre jalones y manazos, procederían a buscar la fiera destrucción de su oponente, lanzándose de la tercera cuerda e invitando a las demás chicas de la audiencia a obedecer al imperioso instinto de tomar por los cabellos a aquella desdichada que se atreviera a perturbar su tranquilidad y/o espacio personal. Venciendo esta vez las técnicas, abrieron paso al segundo combate de la triple lucha estrella: el encuentro entre Dr. Wagner, Dos Caras y el Hijo de Lizmark en el colectivo técnico, mientras los detestados “Perros del Mal” se verían representados por Héctor Garza, Mr. Águila y el amenazante Terrible. Despojado de su chaleco de piel y ataviado ahora sólo por un breve calzón rojo, Garza propinaba a sus adversarios unos cuantos golpes que sonaran histéricamente entre gritos cual azote contra piel mojada, mientras los espectadores agitaban sus matracas y hacían sonar sus trompetas en lo que por alguna razón se asemejaba mucho a mentadas de madre. Fue entonces que de nuevo se llevaron la victoria los rudos, decepcionando a la porra técnica, que apoyaba al “Galeno del Bien” (a quien nosotras aclamáramos con entusiasmo, haciendo constante referencia a cierta enfermedad inexistente que nos achacábamos con tal de gozar de una revisión gratuita y no del todo médica). Como es de notarse, para estas alturas de la apreciación pugilística nos embargaba la subcultura de la que participábamos, y ya no temíamos al ello de algún espectador enfurecido que decidiera lanzar “agua de riñón” al inocente público.[1]


Fue entonces que al término del segundo combate ocurrió algo que no previmos de ninguna manera: la imperiosa necesidad de dos de nosotras por asistir al sanitario más cercano. Temerosa, una de nosotras optó por preguntar a su pareja, quien terminantemente le pidiera que controlara sus esfínteres un tiempo más, para no arriesgar su integridad física a manos de cualquier amenazante mujer en el baño. Si bien no pudimos obedecer ese consejo, acudimos al baño escoltadas de otros dos chicos, quienes hubieran esperado con la oreja pegada a la puerta de no ser porque el asco les embargaba. Entonces el mito más temido fue desmentido: el baño de la Arena México se encontraba sorprendentemente limpio, dejando entrever que era tremendamente parecido a cualquiera del campus. Al salir, nos topamos con un hombre que lucía estridentemente importante (al que más tarde denominaríamos Sr. Banana): ataviado con un traje amarillo canario y un sombrero ranchero del mismo tono, quien se pavoneaba intranquilamente por los pasillos. Al advertir su posible importancia, interrogamos a uno de los vendedores incidentales quién era, revelándonos éste que se trataba de un fotógrafo. Al principio la desilusión nos embargó. Sin embargo, acto seguido pensamos en la ventaja de acudir a él por una foto con alguno de los luchadores. Temerosas, regresamos tras él al combate tercero que ahora se desarrollaba como el más importante: la revancha entre Místico, Negro Casas y Black Warrior por parte de los técnicos, y Tarzan Boy, Averno y Mephisto. Mientras el individuo del áureo traje nos prometía una fotografía tras el combate por la módica cantidad de sesenta pesos, decidimos que no era relevante ser timadas por tercera vez, consintiendo entonces encontrarle al final del encuentro en la salida que anunciaba “box y lucha”.
Volvimos pues a nuestros asientos, atestiguando la reyerta final. Místico ahora lucía acorralado por los rudos, quienes le acosaban ansiosos de despojarle de la máscara, mientras los fotógrafos y camarógrafos televisivos se posaban bajo de él, famélicos de acción que vendiera más ejemplares o les consiguiera un rating más alto. Liberándose trabajosamente de los rudos, Místico logró decepcionar a estos periodistas, mientras se erguía con dificultad y orgullosamente volviendo el pedazo de máscara rota a su lugar, huyendo de revelar su identidad. Pocos minutos después, Negro Casas atemorizaría al selvático Tarzan Boy de forma tal que los técnicos resultarían vencedores para nuestro deleite, nosotras quienes a este punto vibraríamos ante el saludo de Místico, quien exigía ser tomado en cuenta para los posteriores encuentros, mientras su máscara rasgada revelaba parcialmente su identidad en un dramático arranque de los espectadores varones, quienes se identificaban con él… y de las damas que ahora le deseaban de manera sobrehumanamente erótica. Finalizó pues la Triple Lucha Estrella en presencia de llaves apasionantes, caídas de la tercera cuerda y artificios que nos hicieran temer por nuestro nuevo ídolo y símbolo sexual. El desenlace significaba, trágicamente… que debíamos ir en busca del hombre de amarillo, que ahora se perdía irremediablemente entre hombres ansiosos y mujeres que gritaban desesperadas tras el tan criticado calzón rojo de Héctor Garza.





TERCERA CAÍDA. (O LEYENDA DE UN FOTÓGRAFO EMBAUCADOR Y UN CALZÓN ROJO)

Habiendo terminado el evento luchístico, y embargándonos aún la euforia del combate, nos vimos arrastradas por la turba desesperada por fotografías con los gallardos héroes populares, que se empecinaba en emplear la misma salida que nosotras. Bien, advertimos entre la gente al Señor Banana, que nos refirió de nuevo a la salida opuesta, mientras una chica le jalaba de la mano, invitándole a seguirle a la salida. Ruinmente, nos alejó insistiendo en encontrarnos del otro lado, a lo que nosotras realmente ansiamos responder con una seña obscena (obedeciendo al proceder de esta subcultura que ahora nos embargaba). Nos dirigimos pues hacia la mentada salida, caminando contra la corriente que se formaba por otras doscientas personas que ya habían contemplado dicha solución. El paroxismo del placer luchístico disfrazaba entonces nuestra dificultad por caminar, ansiando cada vez más llegar al centro de la Arena, a aquel ring custodiado por algunos hombres de trajes negros y audífono que les hacía lucir importantes, o al menos les distinguía de los custodios usuales de las entradas. Marchitando pues nuestras ansias de subir al ring, decidimos seguir el letrero luminoso que nos llevaría al recuerdo último (una fotografía con la Park, o con el maravilloso Místico) de esta experiencia. Acudimos pues a dicha salida a los vestidores, donde la multitud arremolinada arremetía verbalmente contra un hombre con megáfono que ilusamente pretendía controlarlos con profusas instrucciones de orden. Vencidas ante esta escena, terminamos por aceptar que el fotógrafo de traje chillón nos había estafado y ahora debíamos volver a casa (a ello agregado el jaloneo de brazo procurado por nuestros cansados padres). Salimos pues, no sin antes tomar algunas fotografías del ring, mismo en el que sudaran y sufrieran histriónicamente los combatientes.
Resignadas, miramos hacia atrás en esa noche: había terminado nuestra experiencia… pero el incitante olor a tacos afuera del recinto nos decía que deberíamos volver en otra ocasión para procurar improperios y alabanzas a los luchadores (ídolos del pueblo, y ahora también nuestros)… si es que la salmonella no nos alcanza primero.


[1] No pudiendo cerrar esta oración sin antes aclarar que tal acto constituye un mito, ningún tipo de fluido corporal (salvo saliva en algunos casos) nos fue lanzado. “¡Ahí va el agua!”: expresión empleada en el estricto caso de que alguno se atravesara a la visión del espectador apasionado y encolerizado para tales fines.







Crónica por Villegas * (va con dedicatoria a mis compañeras de jornada y al inseparable Pumita)

Increíbles fotos por Melo*
IlustraCEÓN final por Rockdreegou, Mitómano Improcedente*

Ambiente, sudor y salivazos, Arena México y Arena Coliseo*

2 agravios / saludos / obscenidades:

Morena Tai* dijo...

Una ovación de pie por las fotos, Melo <3

Pris dijo...

Hey marica, q buen día fue aquel!!! ya ni te conté pero nos volvimos a encontrar al señor banana, ahora en la arena coliseo y traía otro traje igual de escandoloso... debemos ir en vacaciones a ver a Alex Koslov, mi nuevo ídolo en la vida...

Besos...